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martes, 27 de octubre de 2009

“El orgullo es una respuesta política a la homofobia del sistema”

POR BRUNO BIMBI

“El tamaño sí importa”, dice la campaña gráfica que lanzará en estos días la agrupación 100% Diversidad y Derechos para convocar a la Marcha del Orgullo de Buenos Aires. El grupo se presenta en sociedad este martes 27 de octubre a las 19 hs. en la sede argentina del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en J. D. Perón 940. “Decimos que el tamaño sí importa porque necesitamos ser miles y miles en las calles para conquistar el cien por ciento de nuestros derechos”, explica Martín Canevaro, uno de los fundadores de 100%, y agrega: “El orgullo no es una cuestión de vanidad, sino una respuesta política a la homofobia del sistema, un reclamo al Estado que nos discrimina y también una oportunidad de festejar nuestro deseo de ser libres e iguales en derechos”.

—¿Por qué eligieron la sede del PSOE para el lanzamiento del grupo?

—Queríamos reivindicar el papel de la política en un lugar que no excluyera a nadie: en nuestro grupo y entre las personas a las que queremos interpelar hay distintas identidades políticas y están quienes no tienen ninguna. Al lanzamiento van a venir dirigentes de distintos partidos y sindicatos. Y elegir la sede del PSOE es un mensaje sobre lo que nos gustaría ver de nuestros políticos: Zapatero le dio una lección al mundo al comprometerse con la lucha contra la discriminació n y asumir el debate por el matrimonio gay y la ley de identidad de género como un objetivo de su gobierno.

Canevaro, de 33 años, habla de política desde una historia de militancia que comenzó en el secundario, cuando fue presidente del Centro de Estudiantes del “Nicolás Avellaneda”. Años después fue secretario general de la Federación Juvenil Comunista regional Capital, pasó por el Frente Grande y, luego de haber hecho su propia salida del armario, decidió sumarse como independiente a la Federación Argentina LGBT, de la que es secretario de Organización. Ahora impulsa la construcción de esta organización en la que hay personas de todas las edades e identidades sexuales. “También heterosexuales, por eso decimos que no somos sólo un grupo LGBT”, agrega.

—¿Qué son, entonces?

—Somos un grupo mixto y abierto, que entiende la diversidad sexual como parte de otras diversidades. Queremos el 100% de los derechos para todos y todas, fundamentalmente los que sufren la exclusión social. Impulsamos la agenda LGBT, pero puede participar cualquiera. Nosotros íbamos a la Carpa Blanca sin ser docentes, o colaborábamos con otros reclamos sociales. La lucha por la igualdad no es un problema sólo de identidades, sino un problema político, por eso bienvenidos todos los que quieran dar esta pelea.

—¿Y cómo piensan darla en la política?

—Primero, trabajando con nuestra propia comunidad, para empoderarnos como sujetos de derechos, y con los políticos, para que incorporen nuestros derechos a su agenda: ningún partido puede considerarse democrático si, por acción u omisión, avala que se siga condenando al silencio y a la vergüenza a una parte de la población. Están en deuda, y nosotros nos imaginamos articulando con todos los que quieran saldarla, con independencia de que algunos sean oficialistas y otros opositores, que es una disputa que nos excede. Y a los que se dicen progresistas se lo reclamamos más fuerte, porque no hacerse cargo es una contradicción inaceptable.

—El actual Gobierno reivindica para sí la condición de progresista, pero en estos temas no ha hecho nada, pese a las promesas de muchos funcionarios. ¿Por qué?

—La democracia está en deuda con nosotros, porque no nos reconoce como ciudadanos. Este Gobierno no ha resuelto el problema de fondo: la desigualdad de derechos, que profundiza la exclusión, la discriminació n y la violencia. Yo aplaudo su política de derechos humanos en otros temas, pero en este, no han avanzado nada y cada vez es más evidente que la Argentina tiene un atraso: en otros países de la región con gobiernos populares hubo avances.

—¿Cuál es esa agenda de trabajo del grupo?

—Primero, los cambios políticos: matrimonio, ley de identidad de género, derogación de la legislación represiva y discriminatoria, educación sexual para la diversidad, etc. Segundo, los cambios culturales: articular con los sindicatos, los organismos de derechos humanos, los partidos, los medios, para que esta agenda no sea sólo de un sector, sino de todos los que quieren más democracia. Tercero, los cambios hacia adentro: estamos haciendo una campaña con videos dirigidos a nuestra propia comunidad, para concientizar y convocar a la participación, y también queremos trabajar para combatir modelos discriminatorios, clasistas o xenófobos, que reproducen lo peor de los prejuicios que tanto le cuestionamos al resto de la sociedad.

—Entre los sectores con los que se proponen articular mencionaste a los sindicatos. ¿Cómo se imaginan esa relación?

—En Uruguay y Brasil las centrales sindicales participan de la marcha del orgullo; en España, también. Acá queremos que la CTA y la CGT participen. Que no suceda es un déficit de ellos, pero también nuestro. Nosotros también somos trabajadores, jubilados, estudiantes, usuarios y consumidores, etc. Estamos convencidos que es posible articular un trabajo con ellos en varios temas. Además, queremos impulsar una agenda social de la diversidad.

—¿Por ejemplo?

—Estamos especialmente preocupados porque los estados generen políticas para atender a los adultos mayores de nuestra comunidad y también para los más jóvenes. Necesitamos políticas contra la homofobia en la educación, como hace Lula en Brasil, para que las personas trans no abandonen la escuela o los chicos gays no vivan encerrados en el armario. Y lo más preocupante es generar políticas sociales para las travestis y transexuales, que es el grupo que más sufre la discriminació n.

—Hace unos meses escribí en esta columna sobre los diputados gays y las diputadas lesbianas que están en el armario. ¿Qué esperan de ellos?

—Todos los diputados, independientemente de su orientación sexual, tienen que votar la ley de matrimonio. De los diputados gays y las diputadas lesbianas que están en el armario, esperamos que den la pelea en sus bloques. Y también los convocamos, con todo respeto, a que salgan del armario, porque podrían ayudar mucho. Que pidan la palabra en una sesión para explicarles a sus colegas que sus derechos están siendo violados, que sus familias no son reconocidas por la ley. Las mujeres diputadas tuvieron que pelear muchas leyes que tienen que ver con los derechos de la mujer. Era una obligación de todo el Congreso, pero si ellas no hubieran dado la pelea...

—¿Qué opinión tienen sobre los proyectos que, en vez de matrimonio, plantean la unión civil?

—Defendemos la libertad de cada persona para construir sus vínculos de la manera que la haga más feliz. No obstante, existe en la Argentina un instituto jurídico que es el matrimonio, y no puede excluirnos. Lo primero es que el Estado reconozca nuestras relaciones en pie de igualdad; nuestro amor no vale ni menos ni más. Después, discutamos todas las alternativas que se presenten, que también deberían ser para todos y habría que debatirlas entre todos; no queremos leyes especiales ni guetos. Pero primero lo primero.

—¿Por qué?

—Porque a la homofobia sólo podemos derrotarla con un cambio cultural, trastocando los valores simbólicos. Si el matrimonio pasa a ser legal para las parejas del mismo sexo, eso les daría un mensaje inclusive a los chicos que están en el jardín: que todos somos iguales y merecemos el mismo reconocimiento. Si la ley, los rituales y las fiestas dicen que está bien, eso educa. En marzo viajamos a Madrid con Carlos, mi pareja, y paramos en la casa de mi hermano, que tiene un hijo de ocho años. Mi sobrino preguntó: ¿Carlos quién es? Y mi hermano le respondió: “Es el novio del tío”. “Ah, como Julián, el marido de Ernesto”, respondió el pibe. Mi hermano lo había llevado al casamiento de una pareja gay amiga y, después de esa experiencia, no le parecía raro que mi pareja fuera otro varón. La legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo ayudará a invertir un orden simbólico e ideológico que sostiene el prejuicio.

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